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Evangelio según San Lucas 11,1-13.
Un día, Jesús
estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
"Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
El les
dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga
tu Reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros
pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos
dejes caer en la tentación".
Jesús agregó: "Supongamos que alguno de ustedes
tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres
panes,
porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que
ofrecerle',
y desde adentro él le responde: 'No me fastidies; ahora la
puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme
para dártelos'.
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por
ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo
necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán,
llamen y se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra;
y al que llama, se le abre.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo
una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una
serpiente?
¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, que
son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo
dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan".
Extraído de
la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del
Evangelio por :
Beato Juan Pablo II (1920-2005), papa
Dives
misericordia 8,15
Cuanto más la conciencia humana, abocada
a la secularización, olvida el significado mismo de la palabra “misericordia”,
más se aleja del misterio de la misericordia cuando se aleja de Dios. Tanto más,
la Iglesia tiene el derecho y el deber de dirigirse al Dios de la misericordia
“con grandes gritos” (cf Mt 15,23). Estos “grandes gritos” deben ser
característicos para la Iglesia de nuestro tiempo...
El hombre
contemporáneo se interroga a menudo, lleno de angustia, sobre la solución de las
terribles tensiones que se han acumulado en el mundo y que se complican
constantemente entre los seres humanos. Y, si la persona, a menudo, no tiene el
valor de pronunciar la palabra “misericordia”, o si, en su conciencia
desprovista de todo sentido religioso, no encuentro un equivalente, es tanto más
necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no solamente en nombre propio
sino en nombre de todos los hombres de nuestro tiempo. Urge que la pronuncie en
una oración ardiente, en un grito que implora la misericordia según las
necesidades del ser humano en el mundo contemporáneo.
Que este grito
tenga el peso de toda esta verdad que encierra la palabra “misericordia” y que
ha encontrado una expresión tan rica en la Sagrada Escritura y en la Tradición,
así como en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del pueblo de Dios.
¡Con este grito, al igual que los autores sagrados, invoquemos a Dios que no
desprecia nada de lo que ha creado, a Dios que es fiel a sí misma, a su
paternidad y a su amor!
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