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Evangelio según San Mateo 13,24-30.
Y les propuso
otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena
semilla en su campo;
pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró
cizaña en medio del trigo y se fue.
Cuando creció el trigo y aparecieron las
espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al
propietario y le dijeron: 'Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo?
¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?'.
El les respondió: 'Esto lo ha hecho
algún enemigo'. Los peones replicaron: '¿Quieres que vayamos a arrancarla?'.
'No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de
arrancar también el trigo.
Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y
entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en
manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero'".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Concilio Vaticano
II
Constitución dogmática “Lumen Gentium” § 33
Los laicos congregados en el Pueblo de
Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza,
cualesquiera que sean, están llamados, a fuer de miembros vivos, a contribuir
con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las
otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su
continua santificación. Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación
en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están
destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los
sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel
amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los
laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en
aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser “sal de la
tierra” (Mt 5,13) a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que
le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo
instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef
4,7)… Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar
para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres
de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente,
ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según
las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra
salvífica de la Iglesia.
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